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09/09/12

Non á violencia contra as mulleres (CCLXXIII)

Artigo: España conmocionada ante o terrorrismo machista



José Bretón amenazó a su esposa con matar a los niños si ella decidía finalmente separarse de él. Cuando Ruth toma la decisión, José se muda a casa de sus padres y pasa tres semanas avisando a su familia de quiere vengarse de ella por haberle abandonado. Una semana después desaparecen los dos niños de su vista, cuando jugaban en el parque. Once meses después, la angustia por su desaparición ha dado paso al horror más absoluto, una vez que las pruebas policiales han confirmado la existencia de huesos humanos infantiles en una hoguera hallada en  la finca familiar.
Los medios hacen un tratamiento vergonzoso de la noticia, recreándose en los detalles más escabrosos (el descuartizamiento, la cantidad de trozos, la temperatura alcanzada por la hoguera, etc), y retratando a José como un psicópata, un loco, un ser demoniaco. La ciudadanía española clama indignada pidiendo la instauración de la cadena perpetua para castigar a asesinos tan crueles como estos.
Sin embargo, José no está loco y la cadena perpetua no resuelve el problema.
La raíz del asunto se encuentra en el terrorismo machista que sacude el 90% de los países de este planeta. Cada día millones de mujeres son víctimas de feminicidios (asesinatos debidos a la condición de género, es decir, las matan por ser mujeres), de mutilaciones genitales, de malos tratos en el ámbito doméstico, violaciones en las fronteras y en las guerras, secuestro para tráfico de esclavas sexuales, abusos sexuales por parte de familiares, etc.
También los hijos e hijas de estas mujeres son víctimas de la violencia machista, pues sufren en sus hogares los gritos, las amenazas, los golpes que recibe su madre, los gritos de miedo y de dolor, las violaciones dentro del matrimonio, e incluso la violencia física en sus cuerpos por parte del padre o del compañero de sus madres.  Los niños y las niñas víctimas de este terror se ven sometidos a infiernos psicológicos y físicos; en la mayor parte de los casos la motivación del padre consiste en hacer sufrir a la madre mediante chantajes y amenazas. La dependencia con el agresor aumenta porque las víctimas tienen miedo a que tome represalias dañando a  sus hijos.
Ruth fue amenazada por José Bretón: “si no vuelves conmigo, no vuelves a ver a los niños”. No es un acto de amor desesperado, sino de atroz  egoísmo. Una monstruosidad llevada a cabo por un hombre extremadamente inteligente y manipulador con una incapacidad total para asumir que Ruth no era de su propiedad. El  marido agresor, el padre asesino,  se ha convertido en el blanco de las iras de todos los españoles. Es el nuevo “enemigo” cuyos terribles actos sirven para justificar la ideología de sector social que en lugar de pedir más educación, más igualdad, y respeto hacia los derechos humanos, piden la cadena perpetua o la pena de muerte para degenerados.
La indignación no hubiera sido tan extrema si la hubiera matado a ella.
La noticia habría salido en los telediarios, los colectivos feministas hubieran convocado una concentración de protesta contra la violencia hacia las mujeres, y Ruth hubiese pasado a engrosar la lista de las mujeres que en este año han sido asesinadas por sus compañeros, maridos, novios o ex parejas.
Sin embargo este caso ha conmocionado a la opinión pública porque José pensó en un castigo mucho peor que la muerte: la desgracia de sobrevivir a los dos hijos, de seguir viva sin ellos. Por eso José es un terrorista machista: porque utiliza el terror, el miedo, el sufrimiento, las amenazas, contra la persona a la que dice querer. La noche antes del asesinato envió un ramo de flores y una carta “de amor” a Ruth. Al no recibir respuesta, ejecutó su venganza contra ella, la más terrible que una madre pueda soportar.
Contrariamente a lo que se cree, los maltratadores no están locos. En España hay seiscientos mil agresores, y casi todo ellos son gente “normal” que trabaja, paga sus impuestos, saluda a sus vecinos, y cumple con sus obligaciones cotidianas. Los agresores son de todas las edades y clases sociales, maltratan lo mismo los pobres que los ricos, los campesinos o los hombres de negocios, los hombres muy cultos y los incultos. La violencia contra las mujeres es estructural, está inserta en nuestra sociedad y en nuestra cultura. Algunos medios todavía siguen presentando esta violencia de maridos y amantes como “asuntos domésticos” o “crímenes por amor”. Hay un importante sector de la población que cree que las mujeres que toman decisiones por sí mismas corren el peligro de exponerse a las iras de sus esposos. Las mujeres que no siguen la tradición y que no aguantan todo lo que las echen encima se merecen un castigo por su rebeldía. Se justifica la violencia si la mujer es infiel o promiscua, si el marido sufre celos por su culpa, si abandona el hogar, si rompe la unidad familiar.
En nuestra cultura esta violencia parece algo “normal”o “natural”. Nuestros cuerpos femeninos se representan siempre listos para ser desnudados, devorados, penetrados, o sometidos; lo mismo sirven para dar placer  un hombre, que para erotizar una película de acción o para vender un perfume.  Los cuerpos se exhiben, se operan, se cazan, se venden, se compran, se usan, se intercambian, se fragmentan, se ofrecen a la mirada masculina en todas las pantallas, en todos los formatos. Esa condición de objeto de consumo nos priva de nuestros derechos fundamentales, porque restringe nuestra libertad de movimientos cuando se impone el control masculino.
Las películas mitifican la figura del macho violento que se relaciona con el resto del mundo  desde una posición de poder marcada por su capacidad para aniquilar a sus enemigos.  Los machos agresivos, valientes, sanguinarios, son presentados como héroes (en películas, cómics, series de televisión) y se admira de ellos su brutalidad, su sangre fría, su potencia física, su libertad de movimientos y su incapacidad para sentir. Estos hombres están mutilados a nivel emocional, pero necesitan a esposas que les cuiden, les den placer y amor incondicional, y les curen las heridas de guerra cuando llegan al hogar.
Las mujeres, por su parte, son divididas, en la publicidad, la literatura, la música popular, etc. en dos  grupos: las “mujeres buenas”: aquellas rubias sumisas , discretas y fieles que permanecen en la casa criando hijos y esperando al marido, y las “mujeres malas” , aquellas que deciden libremente sobre su vida, su cuerpo, su sexualidad y sus afectos. Estas “rebeldes” siempre obtienen su justo castigo en casi todos los relatos que consumimos a diario: o bien se quedan solas y solteras, frustradas de por vida, o bien acaban muertas (suicidándose, por accidente, o a manos de su “amado”). Con estos relatos “ejemplarizantes”  se sigue dejando claro quién está arriba y quién está abajo, quien posee y quien se somete.
Por eso creo que en lugar de pedir castigos violentos contra los violentos, deberíamos emplear nuestros recursos en sensibilizar a la población sobre el problema de la desigualdad y el machismo, extender los talleres de prevención en escuelas y universidades, trabajar con maltratadores y darles apoyo psicológico, apoyar a las mujeres maltratadas y facilitar que puedan alejarse de sus agresores, emplear recursos en políticas de igualdad y crear espacios de seguridad para mujeres que deseen educar y criar a sus niños y niñas alejados de la violencia machista.
Para que cesen estos crímenes de odio contra mujeres y niños, tenemos que dejar de mitificar la violencia masculina y dejar de cosificar los cuerpos femeninos. Tenemos que cambiar los patrones culturales, sociales y afectivos para lograr eliminar el odio hacia las mujeres y poder construir relaciones no basadas en la propiedad privada, sino en la libertad para quererse y separarse, en el buen trato y el disfrute. Tenemos que luchar porque los derechos humanos sean algo más que un texto bonito. Tenemos tanto trabajo que hacer, y en ese trabajo estamos todos y todas implicadas: ciudadanía, gobiernos e instituciones públicas, empresas, industrias culturales y medios de comunicación.

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